Siempre me ha gustado estar rodeada de niños. Tengo claro el
por qué… y es porque ellos te hacen la vida fácil. Discuten y al minuto vuelven
a ser amigos…se caen y son de plastilina. No tienen problemas y si los tienen,
no profundizan en ello.
Muchos de ellos
llevan sobre sus espaldas dificultades que nos afectarían a los adultos.
Resuelven las situaciones que les toca vivir de una manera ejemplar. Son mi
referencia. Cuando sé lo que esconde una de las miradas de mis niños y les veo sonreír,
jugar y disfrutar de la vida… me hacen ver lo que es realmente importante.
Ayer nos fuimos de excursión con los más peques del
campamento. 38 niños menores de 7 años que nos dieron grandes lecciones de
vida.
Que no hay piscina, pues echamos agua por los columpios y lo
convertimos en parque acuático… que a Hugo se le olvida el bañador…Pablo le
deja su ropa de cambio. Que se pierde la toalla de José Carlos, la buscamos todos… que no trae desayuno Ángel…
Ainhoa comparte su bocadillo. Pablo llora porque quiere coger un balón de
baloncesto… Antonio se lo da. Luis quiere agua y la de la fuente está caliente,
Sergio le da agua de su botella. ¿Cuál era el problema? No había ningún
problema… Y así durante 4 horas…apreciando cada gesto de convivencia que los
pequeños iban haciendo.
“Nena ven, Nena ven…” me gritaba María José. Y de pronto…
ploff… Berni me tiraba un cubo de agua. Lo que ellos no sabían es que tenía
clarísimo lo que iba a ocurrir… y dejé que ocurriera. Cada hora que paso con
ellos me siento más presente y viva.
Llegó la hora de irnos y todos me miraban y decían “¿Ya? ¿Ya
hay que irse?” Almas llenas de vida e incansables.

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